¿Salirse o no salirse del euro? Un debate necesario

 

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Desde el principio tuve reservas sobre el establecimiento del euro. Por un lado, compartía el deseo de la mayoría de fuerzas democráticas que luchamos frente a la dictadura que existió en España desde 1939 hasta 1978, de entrar de lleno en Europa, pues esta significaba democracia y bienestar social. Pero (y es un pero significativo) parecía obvio que la arquitectura que sustentaba el euro estaba basada en unos principios profundamente neoliberales que constituirían (y así ha sido) un enorme obstáculo para el mantenimiento del modelo social. Era su intento el de debilitar a los Estados y potenciar a los mercados, sobre todo financieros, que impondrían su voluntad sobre las instituciones encargadas de la gobernanza del euro. Esta predicción, por desgracia, adquirió su pleno desarrollo en el ataque frontal al Estado del Bienestar en cada país de la Eurozona que estamos hoy viendo. País tras país, se está desmantelando la protección social y se están debilitando, cuando no destruyendo, los instrumentos en defensa de las clases populares, tales como los sindicatos. En realidad, país tras país, las derechas están consiguiendo lo que siempre han deseado: la reducción de los salarios y el empobreciendo de las transferencias y servicios públicos del Estado del Bienestar. Y todo esto era previsible.

Es cierto que algunos países de la Unión Europea están siguiendo estas políticas neoliberales, como Gran Bretaña, sin estar en el euro. Podría, pues, argumentarse que el euro no es la causa, como argumenta Andrew Watt en su columna en Social Europe Journal, “Why Left-wing Advocates Of An End To The Single Currency are Wrong” (10.07.13), pero encuentro este argumento insuficiente. El hecho de que todos los países de la Eurozona estén llevando a cabo esas políticas no quiere decir que otros no lo hagan también. Lo definitorio es que todos los que están dentro de la Eurozona lo hacen. Y la razón es que a todos los Estados de la Eurozona se les han quitado los mecanismos de defensa, no solo la imposibilidad de controlar y devaluar su moneda, sino también la de protegerse frente a la especulación de los mercados financieros, al no tener su propio Banco Central. Debería ser obvio a estas alturas admitir que el Banco Central Europeo no es un banco central, sino un lobby del capital financiero, altamente influenciado por el capital financiero alemán.

Andrew Watt (a partir de ahora AW) simpatiza con los argumentos de aquellos que, habiendo estado a favor del euro, como Costas Lapavitsas y Oskar Lafontaine, ahora están en contra, y que basan su rechazo en el enorme sacrificio que las clases populares están sufriendo como resultado de las políticas que se están imponiendo para “salvar al euro”. Es cierto, admite AW, que los costos humanos son muy elevados. Pero a diferencia de los autores de izquierda citados, él cree que no han sido baladíes. Deberían haber sido menores si se hubieran seguido políticas expansivas, pero, por malas que sean, han ido consiguiendo lo que era necesario: la convergencia de los costes laborales y, con ello, la corrección de los desequilibrios comerciales que habían llegado a situaciones extremas entre Alemania y los países periféricos. AW muestra que las exportaciones ya son mayores que las importaciones en España (representando el superávit algo más de un 1% del PIB), mostrándolo como un éxito, consecuencia de las necesarias correcciones en las excesivas diferencias en sus diferentes niveles de competitividad versus otros países, y muy en especial Alemania, que tenía un excesivo superávit a costa de España y todos los demás. AW olvida, sin embargo, que el balance comercial se ha corregido a base, primordialmente, de una bajada de las importaciones.

Otro argumento que AW utiliza en contra de la salida del euro es que ya se ha alcanzado un nivel de agotamiento en las políticas de austeridad, que ha forzado un cambio en las instituciones que gobiernan el euro, que AW asume las han abandonado. Esta lectura de la realidad es excesivamente optimista. Hoy continúan con toda intensidad estos recortes y no se les ve fin.

AW también cree que estamos ahora viendo un estímulo a nivel mundial, resultado de las políticas del Federal Reserve Board y del Banco del Japón, que ayudarán a la recuperación económica. Pero donde AW centra más sus críticas a Heiner Lassbeck y Costas Lapavitsas (a partir de ahora FyL), que han cambiado de opinión y ahora están a favor de salirse del euro, es en acentuar los grandes costes que significarían para un país o grupo de países salirse del euro. FyL consideran que la huída de capitales (el bank run) podría limitarse mediante el control de capitales, realizándose de una manera ordenada. AW cuestiona este supuesto indicando que nunca será una salida ordenada, por muy pactada que esta salida fuera con los países que se quedaran dentro del euro. La salida de un país del euro inmediatamente crearía un miedo de contagio que afectaría a toda la Eurozona, siendo, más que una salida, un tsunami de huida masiva de capitales. Es más, la clara integración de capitales (el capital financiero alemán tiene 700.000 millones de euros en los países periféricos en deuda pública y privada) implicaría una situación de resistencia a cualquier movimiento que afectara la recuperación de dicha deuda.

La segunda crítica que AW hace a FyL es que estos autores están exagerando el impacto positivo de la devaluación de la moneda, resultado de la recuperación de la moneda nacional. AW indica que esta devaluación contribuiría a una elevada inflación, ya facilitada por el recuperado Banco Central Nacional, que imprimiría gran cantidad de dinero para compensar la huída de capitales. Y si el Estado –dice AW- permite el aumento de los salarios según la inflación, perderá todas las ventajas competitivas que le facilitaba la devaluación de la moneda. Y en cuanto a la propuesta de FyL de crear una nueva zona monetaria, el European Monetary System, AW critica que el abanico de fluctuaciones permitida por los países del nuevo sistema monetario (otra propuesta de FyL) creará mucha mayor inestabilidad monetaria de lo que sus proponentes están suponiendo. Siempre, en una unidad monetaria, hay una moneda referencia, controlada por un Estado que dicta, en la práctica, las reglas del juego. La EMS anterior al euro ya estaba definida por la voluntad del marco alemán.

El optimismo de AW

AW acentúa los problemas de la salida y ofrece argumentos en contra. No hay duda de que los habría, pero para llegar a su conclusión de que es mejor quedarse, exagera los cambios que están ocurriendo en la Eurozona. Decir que ya nadie cree en la austeridad, en el mismo momento que el gobierno Rajoy está recortando 6.000 millones de euros en Sanidad es un chiste de mal gusto. Y lo mismo en cuanto al optimismo que significa su visión de un nuevo compromiso con las políticas de expansión. Exagera el impacto que los nuevos programas de creación de empleo juvenil tendrán en reducir el desempleo juvenil. AW no parece ser consciente de lo que está pasando en los países que despectivamente son conocidos como PIGS (cerdos en inglés), entre los cuales está España. La situación en España es intolerable y en contra de lo que supone AW no hay perspectivas de salirse de esta situación.

El problema de AW y también, por cierto, de FyL es que ven la situación desde una perspectiva económica y financiera, cuando es predominantemente política. Las soluciones a las crisis actuales en la Eurozona son, en realidad, fáciles de ver. Y no hay déficit de propuestas. La Confederación Europea de Sindicatos ha hecho una serie de propuestas que ayudarían a dar la vuelta a la situación. Pero AW peca de excesiva ingenuidad al creerse que la estructura de poder que gobierna hoy la Unión Europea y la Eurozona va a llevar a cabo estas propuestas alternativas. Hoy existe un dominio casi absoluto de este sistema de gobernanza por parte del capital financiero, para el cual la crisis es la manera escogida para alcanzar, con el apoyo del gran capital, lo que siempre ha deseado: el gran debilitamiento del mundo del trabajo y el desmantelamiento del Estado del Bienestar. Léanse las declaraciones de los dirigentes de dicho gobierno, y no pueden ser más claros. El Presidente del BCE, el Sr. Draghi, lo ha dicho con gran contundencia: “el modelo social europeo no es sostenible”. Para estos intereses financieros, el euro es un pilar de tal sistema de explotación. Creerse que este sistema de gobierno desea la desaparición del euro (el famoso colapso del euro que nunca ocurrió) o la expulsión de los países periféricos, es no entender la función que la relación centro-periferia juega en dicha explotación, explotación que no es de nación a nación, sino de clase contra clase, con una alianza de las clases dominantes contra las clases dominadas (la mayoría de la población) en cada país. Y el euro es un instrumento para ello. La evidencia científica que avala tal postura es enorme, aún cuando continúa siendo ignorada u ocultada en los mayores medios de difusión.

De ahí la necesidad de iniciar un debate para salirse del euro como posibilidad. La amenaza de terminar con el euro dará fuerza a las izquierdas en su negociación con las derechas. Y para mantener la credibilidad en esta amenaza, hace falta prepararse para salirse del euro que, siendo un proceso difícil, no es imposible, y puede facilitar la salida de España y otros países de la recesión. Sin minimizar los problemas de salida, el hecho es que otros países han roto con monedas equivalentes al euro, y les ha ido bien, tal como es el caso de Argentina. Quiero subrayar que lo que estoy proponiendo es iniciar un debate, hoy inexistente en España, que pueda o no abocar en la salida de España del euro. Lo que tiene que entenderse es que el peor de todos los escenarios es mantenerse donde estamos; la población ya ha perdido su apego a la Eurozona y están clamando un “¡Basta Ya!”. Y llevan razón.

 

(*) Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

 

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